Sueño, luego existo…

por Jorge Castillo

Canta, oh Musa, el sueño y la memoria. Hubo un tiempo en que la vida era nueva y sin embargo no estaba tan enrarecida la atmósfera de la experiencia como en días más actuales. Ha sido la memoria de la experiencia la que nos revela el haber vivido, si bien la única constancia es el presente. Oh Musa. Ayúdame a elegir de la memoria sólo aquello que nos conduzca al “llegar a ser” más propicio para la esencia del canto.  Solamente la prueba de que lo mejor en el espíritu ya era, sigue siendo, y devendrá continuamente. Libera la memoria de la angustia, la duda y de la sombra. ¿Cuál es el primer recuerdo? ¿Es nuestro el primer abrir de la mirada? Al remover las hojas otoñales,  probablemente saltarán como recuerdos primeros algunos en el tiempo posteriores, hijas también de una semilla, y disolviéndose en la tierra como todas sus hermanas, y dando su alimento al nuevo árbol arcaico. Y todo siendo latiente flora y follaje. Recuerdo el soñar e imaginar. Recuerdo un llover de pensamientos más vivos que la carne misma que los arrullaba. Una de las cosas más sorprendentes eran los sueños que brotaban. Hubo un tiempo en que todo era un aparecer, todo era sueño y se veía como un sueño;  todo sorprendente igual que un sueño. La mente era más ágil, y las cosas no eran obstáculos sino materia para el sueño.

Recuerdo la casa donde yo siempre estaba con mi abuela materna. Era un edificio de cuatro departamentos; el de más arriba que era todo mi mundo, dos siguientes abajo que rentaba mi abuelo, uno que servía de bodega;  y locales comerciales en la planta baja. La mitad de nuestro departamento era sala comedor, y este último daba hacia la entrada. La sala, de color rojo,  tenía una alfombra roja y en lugar de un muro cara a la calle, una gran ventana, cubierta por grandes rojas cortinas adornadas con flores de otro tono y en relieve. Saliendo del departamento había escaleras hacia arriba y hacia abajo. Hacia abajo estaban los departamentos que rentaba mi abuelo. Hacia arriba, rodeada la escalera de grandes ventanales, como una jaula de cristal, se llegaba a la azotea, la cual era también uno de mis lugares favoritos. En la azotea estaban los lavaderos de ropa. Un lavadero era común, y había otro privado hecho de hojas metálicas pintadas de azul. La azotea estaba cercada por un muro calado, con rendijas, desde el cual se miraba hacia la calle desde cinco pisos de alto. El edificio en alto. Al poniente, cinco cuadras abajo, estaba el centro de la ciudad; la plaza donde se erige un reloj monumental que suena igual al Big Ben. Al oriente, siguiendo hacia arriba, se veía crecer el cerro y otras tantas casas. Tenía tinacos de piedra, jaulas para secar la ropa, un gran tanque estacionario de gas, y un cuarto metálico que pocas veces vi abierto, pero donde se hallaban toda clase de objetos misteriosos. Un águila y un armadillo disecado, un reloj elegante y de apariencia antigua,  guardado como en una cajita forrada de vinil y tapizada por dentro con una tela fina, blanca y brillante; otros objetos más y muebles, elegantes también, pero todos para siempre llenos de polvo y siempre en la oscuridad. Me recuerdo con mi abuela, mientras ella lavaba y tendía playeras blancas sobre el suelo para que se secaran, me recuerdo recostado junto a esas playeras bocarriba, mirando las nubes pasar muy cerca, viendo en aquellas nubes toda clase de formas mientras las respiraba. Conocía el sabor del suelo, cada prominencia y cada grieta, pues todo lo recorrí, a menudo imaginando que era un superhéroe y combatiendo con mis amigos superhéroes a toda clase de fieras y villanos. Viendo entre la barda de aquella azotea, miraba un edificio más bajo, y el cual tenía ventanas de una forma curiosa para mi. Recuerdo haber volado de un edificio a otro. Cinco pisos abajo estaba la calle, el ruido de los comerciantes y de los carros, y yo de niño bajé a la calle desde mi azotea. El edificio tenía pequeñas salientes entre un piso y otro, y yo caminaba sobre ellas pegado a la pared, y le daba la vuelta al edificio, entrando y saliendo por todas las ventanas. Yo amaba estar ahí arriba, porque siempre hacía mucho viento. El viento era fresco. En ocasiones la fuerza del viento freso no me dejaba respirar, ¿pero acaso no era normal eso cuando yo estaba volando? Volando con la mirada, conocí de memoria todas las demás azoteas por debajo de la mía, miraba el gran reloj de decenas de metros de altura, más pequeño que mi edificio. Cerca de las nubes, pasaban ante mis ojos todos los mundos y todas las criaturas. Mirando hacia los otros cerros, les descubrí protuberancias debajo de las cuales yacían los cadáveres de dos grandes dinosaurios, los cuales nunca nadie más ha visto. Había plantas, que mi abuela cuidaba con gran cariño, y yo conocía cada pliegue de sus hojas. Había un perico. Y cada vez que subía y bajaba con mi abuela, los grandes ventanales  alrededor de las escaleras, me hacían pensar que aquello era un palacio entre el azul de cielo. Y desde aquellas escaleras veía, muy cerca se podría decir de tan bien que los veía, aquel par de dinosaurios en cualquier momento vueltos a la vida.  Esos grandes ventanales, que absorbían el cielo hacia adentro de la casa, estaban armados de cristales de unos 40 cm. cuadrados. Uno estaba roto, y creo que en el hueco de aquel cuadro de cristal, todavía vive la forma de la cabeza de una niña. Adentro, entrando hacia la derecha estaba la mesa de nuestro comedor. Era una mesa redonda de madera, forrada con un material que la hacía parecer de mármol.  Entrando, casi de inmediato, era imposible resistir el gusto de tirarme en la alfombra. Recuerdo el olor a polvo de la alfombra, y recuerdo su olor cuando la aspiraban. De la sala, el sillón rojo individual estaba bajo una ventana, que daba al baño privado del cuarto de mi abuelo. Frente a este sillón estaba la televisión en un mueble largo de color negro por encima, y madera en el lado de enfrente. También, a menudo cubierto de polvo, adquiría un olor especial cuando era limpiado. Yo me escondí por debajo y detrás de los sillones y los muebles. Ahí jugué. Recuerdo  estar acostado y comenzar a rascarme la cabeza con un alambre, y haber descubierto que el alambre ya me había perforado la cabeza, y yo jugaba con dicho alambre tratando de sentir algo al interior de mi cráneo, pero también con mucha reserva, pues tenía mucho temor de dañarme.

Ahí aprendí, junto con mi tía, que en ese entonces era una muchachilla adolescente muy bonita, a pararme sobre las manos y ver el mundo a revés. Ella, por cierto, también fue quién me enseñó a leer. Yo me sabía ya todas las letras, pues las maestras hacían repetirlas innumerables veces, pero no había comprendido nada sobre la lectura y la escritura sino hasta que ella me lo dijo, y entonces todo fue claro en un solo instante, y es como hasta ahora sigo leyendo y escribiendo.  Junta el sonido de una letra con el de la que le sigue. Los nombres mismos de las letras te dicen cuál es su sonido. Cómo un secreto tan simple revela el funcionamiento de una herramienta tan vital. Cómo me gustaría también, todavía, poder pararme sobre las manos.

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